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En el anterior post hablaba sobre las hormonas que uno imagina consecuencia del acto de dibujar del natural.

El momento (necesariamente rápido) en que uno abre el cuaderno para dibujar abre también un paréntesis en el fluído temporal de la realidad para, mediante la atención, fijar la experiencia visual de unos instantes determinados en un código de manchas, colores, tonos y líneas.

Además son muy libres porque uno no debe crear más canon que esa intensidad en la mirada, ya que la única intención de las imágenes que suelo tener en estos cuadernos es la retención física de la huella de una experiencia visual.

No tienen que contar nada, no tienen nada que descubrir o con que sorprender en la plástica, la gráfica o la narrativa… no tienen porqué contener idea alguna más que el puro ejercicio de atención que fija la imagen en el papel y – me parece- la experiencia en la memoria con mucha mayor precisión que la simple contemplación.

Estas son cinco más de las páginas del cuaderno de este verano. Todas de las islas jónicas, en Grecia, excepto la del bar, que es medio apunte del patio de entrada al bar Vitelli de Savoca, en Sicilia, el mismo bar en el que Al Pacino se sentó llamándose Michael Corleone para pedir la mano de la hija del dueño, Apolonia, en El Padrino I.

Con esto acaban las imágenes del verano… porque el verano en sí mismo hace ya algo que acabó.

Como con todo lo que empieza, que pasa eso: que se acaba.

Es solo cuestión de tiempo.